Cangrejo Ermitaño

El blog de Cristina Chaus sobre aprender, desaprender y reaprender

Por qué aprender a hacer preguntas II

Hacer preguntas

Aprender a hacer preguntas

 

“¿Pastilla roja o pastilla azul?” Morfeo (Matrix)

 

Este post es la continuación de Por qué aprender a hacer preguntas.

 

Cada cual es libre de plantearse cómo quiere vivir su vida. Pero mucha gente no se lo pregunta nunca. Puede que por pereza, por ignorancia o porque prefiere “dejarse llevar”.

 

Esta última opción es válida para algunos momentos de la vida, pero no como forma de vida en sí misma. Podría confundirse con vivir sin pensar, dejándose arrastrar por la masa. Una vida completamente vivida al azar es un mal asunto.

 

No construyas una vida rígida y deja espacio (ya sabes que valoro el vacío) para que la espontaneidad de la vida te sorprenda, pero no vivas sin pensar… y hacer preguntas es una forma de pensar.

 

Cuestiónate mucho acerca de ti mismo, ya que eres el centro de tu vida, seas consciente de ello o no (hay quien lo olvida a veces). Esto no significa que seas egoísta, pero sí que te hagas preguntas para confirmar si estás viviendo con consciencia: “¿Es esto lo que quiero?”, “¿Merece la pena que le dedique mi tiempo/energía/esfuerzo/dinero… a esto/esta persona? ¿Soy coherente?”

 

Seguro que no te agradará encontrarte un día en un sitio que no te gusta y darte cuenta de que no sabes cómo has llegado ahí. Simplemente te dejaste llevar por la corriente.

 

Pregúntate también por lo que te rodea y quiénes te rodean. Ten en cuenta que tu entorno y la gente de tu alrededor afectan a tu vida. Es importante, ya que nos relacionamos con otras personas, hacerse preguntas sobre con quiénes pasamos nuestro tiempo. ¿Eliges a tus amigos o siempre te haces amigo del que tienes más cerca?

 

Pero sin precipitarse a juzgar, ya que reducirlo todo a una pregunta puede ser excesivamente simplista.

 

No puedo evitar volver a acordarme de Sócrates. Él sabía de la importancia de cuestionar toda la información que le llegaba antes de aceptarla sin más. No sé si es una anécdota apócrifa o si realmente se le atribuye con razón, pero está bien recordar el Triple Filtro de Sócrates.

 

Hacerse preguntas no siempre es agradable y no a todo el mundo le gusta. Algunas de las principales resistencias mentales por las que mucha gente no se molesta en preguntar son la pereza, el miedo y la incomodidad.

 

Pereza: aunque no lo parezca, hay ocasiones en que la pereza es muy activa. Una de ellas es cuando es un mecanismo de defensa puesto en marcha para protegerse de algo que percibimos como potencialmente amenazante. Y cuestionar cómo vives, desde luego que lo es… (“¿Para qué complicarse?”, “Mejor no pensar tanto”, “Céntrate en disfrutar”, “En realidad esto no está tan mal”, etc.).

 

Miedo: puedes tenerlo por diversos motivos. Puedes tener miedo a la propia pregunta en sí, que es el miedo al lugar desconocido al que esta pueda llevarte. Ten en cuenta que estás cuestionando la realidad que conoces ahora y puedes darte cuenta de que no es como creías.

 

Por otra parte, puedes tener miedo al efecto que cause tu pregunta a otras personas como, por ejemplo, parecer ridículo por hacer una pregunta estúpida. Ten presente que hacer preguntas también es una habilidad. Mejora con la práctica y, como casi todo, se aprende haciéndolo. Es inevitable hacer de vez en cuando preguntas estúpidas, pero forman parte del aprendizaje.

 

Que no te dé vergüenza. Muchas veces la pregunta que todo el mundo tiene miedo de hacer por parecer estúpido acaba siendo la pregunta clave.

 

Incomodidad: como cangrejos ermitaños, tenemos una mentalidad de crecimiento, de cambio de caparazón a medida que evolucionamos. Esto es lo que ahora está de moda llamar ampliar de la zona de confort. No es cómodo, porque implica dejar cosas conocidas atrás y cuando algo nos es familiar tendemos a aferrarnos a ello.

 

Pero la vida es una aventura en la que no hay evolución sin peligro. Muchas preguntas te hacen sentir incómodo porque cuestionan cómo percibes el mundo, y eso no te gusta. No quieres que te cambien las cosas de sitio cuando ya tienes un mapa establecido. Pero solo al cuestionarlo puedes llegar a sitios mejores.

 

 

Con preguntas conoces el mundo… y a ti mismo.

Muchas respuestas vienen determinadas por el tipo de preguntas que hacemos, pero a veces no nos damos cuenta de ello. Esto es porque el lenguaje que utilizamos revela lo que pensamos. Las buenas preguntas exponen nuestros prejuicios, nuestro concepto del mundo, nuestras creencias del mundo y de nosotros mismos. Por eso las necesitamos para que el aprendizaje pueda producirse, pese a las barreras mentales y emocionales.

 

No es lo mismo preguntarse “¿Por qué siempre suspendo?” que “¿Por qué he suspendido esta vez?”

 

La Programación Neurolingüística (PNL insiste mucho en esto y es una herramienta muy efectiva para tomar conciencia. Aquí puedes ver a Anthony Robbins explicando que las preguntas son importantes porque controlan a qué le prestas atención.

 

Al hacer preguntas tomas conciencia de que algunas cosas no son como antes. También tú has cambiado y no eres como antes. Tienes que desprenderte de cierta información, actualizarte y adquirir nueva información y adaptarla a tu situación actual. En definitiva, el proceso de aprender, desaprender y reaprender.

 

El sistema educativo nos hace creer que las cosas solo se aprenden una vez. No es así. Hay que adquirir a la sana costumbre de hacer revisiones periódicas de lo que creemos saber si no queremos quedarnos atrás en un mundo que ya no es el de cuando íbamos al cole.

 

(¿Te has fijado en que el sistema educativo y muchas personas tienden a menospreciar la asignatura de Filosofía, que es la que consiste en preguntarse cosas? ¡Qué raro! 😉 ).

 

 

Advertencia final

Harás preguntas que enfaden a otros porque se sientan amenazados o cuestionados. Muchas veces esto sucederá incluso sin preguntarles algo a ellos directamente. Basta con que te hagas una pregunta a ti mismo que cuestione cómo has vivido hasta ahora.

 

Posiblemente gente de tu entorno, que ha llevado el mismo estilo de vida que tú, lo perciba (muchas veces sin ser consciente de ello) como una cuestión que también les pone en tela de juicio. No gusta ver que alguien abandona voluntariamente la manada porque eso despierta dudas que sería preferible que siguieran durmiendo sin incordiar. Sin darte cuenta, puedes ser una señal de alarma para otros (y no siempre te lo agradecerán).

 

El precio a pagar por atreverse a ser uno mismo con todas sus consecuencias es que algunos de los que no lo hacen suelen volcar en ti la rabia contenida que sienten hacia ellos mismos por no atreverse. Les recuerda que eligieron la pastilla azul en vez de la roja.

 

 

Foto: Licencia Creative Commons

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2 Comentarios

  1. Gracias por compartir estas palabras , me ha hecho recordar mi vida de estos últimos ❤️

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