La simplicidad es un antídoto contra la infoxicación. Reflexionar para ser capaz de tener claras tus prioridades y simplificar tu vida de acuerdo con ellas te lleva inevitablemente a reducir todo lo que sobra de tu vida. Esto te permite crecer porque generas vacío, tanto espacio libre como tiempo libre.

 

Quiero compartir contigo uno de mis aprendizajes más reveladores (de hecho, aún estoy aprendiéndolo. ¡El verdadero aprendizaje nunca acaba!): no se trata de la cantidad de tiempo, sino de que el tiempo cunda.

 

¿Alguien te ha preguntado alguna vez si tenías un minuto o si podías dedicarle cinco minutos? Seguro que sí. Y probablemente tú mismo también hayas hecho estas preguntas. Pues bien, considera esto: cuando preguntas o te preguntan eso, no se trata del tiempo que solicitas o te solicitan. Lo que se reclama realmente es atención, no tiempo.

Todo solicita tu atención: personas, estímulos del exterior (publicidad, internet, llamadas, Whatsapp, etc.). Vivimos en una época de distracción permanente, por eso, quien sepa protegerse de ella y fortalecer su capacidad de atención tendrá ventaja sobre el resto.

 

Concentrar tu atención en algo requiere fortaleza mental. Es un ejercicio de voluntad y disciplina y, o se ejercita regularmente, o se debilita y languidece.

 

En esta fortaleza mental está la diferencia entre reaccionar y responder. Examínate y observa si cada vez que recibes un estímulo vas automáticamente a él o, si, por el contrario, tienes momentos de control en los que puedes resistir la tentación de, por ejemplo, leer en el momento cada mensaje que recibes. En el primer caso lo que haces es reaccionar automáticamente a cada cosa. En el segundo lo que haces es responder siendo consciente de ello.

 

Además, hay otro aspecto que muchas veces pasa inadvertido: cuando sufres una interrupción de X tiempo, la interrupción no dura solo X. Dura X+Y porque a tu mente, cuando retoma la tarea, le lleva Y tiempo volver al nivel de concentración en el que estaba antes de la interrupción. Tiene que volver a coger el ritmo. Imagina que la mente fuera un coche. Cuando fluye y está concentrada en su tarea está circulando a una velocidad determinada. Pero cuando frena por una interrupción y tiene que volver a arrancar necesita unos metros para volver a esa velocidad de crucero en la que estaba funcionado. Tu mente necesita esos metros de calentamiento para coger la velocidad que necesita para entrar en flow. Digamos que la inercia también actúa sobre la mente.

 

Por eso he ido incorporando a mi rutina diaria la práctica de proteger mi tiempo de este tipo de distracciones. Tengo fijados momentos en el día en los que mi móvil está en modo avión o en silencio. Son espacios de tiempo para mí, para poner atención plena en mis tareas sin interrupciones.

 

Te recomiendo que lo pruebes porque sitiarte de las distracciones es una habilidad tan valiosa que cuanto más la practiques más la apreciarás. (Obviamente, hay situaciones en las que esto no es aplicable, sobre todo por motivos de trabajo o si tienes alguna situación familar delicada). Pero, si puedes, pruébalo con pequeños períodos. De lo contrario, siempre estarás expuesto a las demandas de los demás sobre ti, a todo y todos los que reclaman tu atención. Quien está para todos no está para nadie. No hace falta que estés disponible 24/7. Si lo permites, lo ajeno te demandará constantemente hasta absorberte. Sé inteligentemente inaccesible y serás más productivo. Métete en tu caparazón un rato todos los días para proteger tu atención de todos los estímulos externos. Una buena forma de empezar a poner esto en práctica es la famosa Técnica Pomodoro.

 

Muchas veces decimos que no tenemos tiempo para hacer todo lo que queremos, o que no nos cunde el tiempo lo suficiente, o no identificamos claramente dónde lo hemos “perdido”. Sentir esto es comprensible. Pero recuerda que todos tenemos la misma cantidad de tiempo, 24 horas al día. Lo que sucede es que no nos cunde igual. Las horas duran siempre lo mismo pero eso no quiere decir que nos rindan lo mismo y eso, en buena medida, depende de nosotros. Concretamente, de la atención con la que vivamos esas horas. Hay una diferencia abismal en función de si las vivimos en piloto automático (reaccionando a cada estímulo al momento, incluso sin ser muy conscientes de ello), con atención plena (lo ideal), o ambas cosas a intervalos (lo habitual).

 

Tener una atención fuerte y plena (lo que ahora se llama mindfulness) es la fórmula para que te cunda el tiempo. Si estamos distraídos y sufrimos interrupciones constantes, perdemos las horas inexorablemente. En cambio, si estamos atentos y concentrados, es como si el tiempo se expandiera y nos sorprendemos a nosotros mismos con lo que somos capaces de avanzar.

 

El tiempo es la materia de la que están hechos nuestros días. Y se puede moldear para expandir o contraer. Así que conviene ser celoso de tu tiempo porque es un recurso que no es renovable. No lo malgastes con distracciones tontas, gente que no merezca la pena, etc. Aprende a ser consciente de a qué o quién dedicas tu atención.

 

Hay tiempo que nos resulta “de mala calidad”, que es el que no te cunde nada;  y tiempo que nos resulta “de buena calidad”, que es el que aprovechas al máximo. El primero es como el plomo y el segundo es tan precioso como el oro. Por eso se dice que el tiempo es oro. Pues bien, yo creo que la atención es la piedra filosofal, la fórmula alquímica con la que puedes transmutar el plomo en oro, como los sabios alquimistas. Presta más atención a lo que hagas y tendrás más tiempo. En serio.

 

Aprende la habilidad de estar más atento. Te ayudará a proteger ese tiempo que liberas cuando simplificas tu vida y, a la vez, te ayudará a sacarle más partido.

 

Cuídate, mantén tu curiosidad por aprender y plantéate si hay algo que podrías desaprender.

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