La bendición de saber quién eres: Sancho Panza y la falacia del costo irrecuperable

Sancho Panza

 

 

«—¿Y qué has ganado en el gobierno? – preguntó Ricote.

—He ganado –respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno para gobernar.»

 Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha II, LIV

 

 

Es posible que estés cansado de oír consejos vacíos que casi todo el mundo predica pero casi nadie practica. Son del tipo: «que no te importe lo que piensen los demás», «sé tú mismo», «dedícate a lo que te apasiona», etc. Pero a la hora de la verdad la mayoría se queda en el centro de la corriente social que le arrastra tratando de gustar a todos, de no desentonar y de sentirse bien seguro en el redil.

 

Iluminación: ¿es tuya tu identidad?

Este torrente social implica unas nociones de éxito y fracaso que el individuo asume como propias, sea consciente de ello o no (y quiera admitirlo o no). El puesto de trabajo, la casa, la tarjeta de visita, los likes en redes sociales, el lugar en el organigrama, el salario, la pareja, el número de followers, etc. son indicadores de estas nociones preconcebidas.

 

Así, con el paso de los años, y como que no quiere la cosa, el individuo ha construido su identidad. ¿Seguro que es suya?

 

El entorno, a veces con toda su buena intención, le da las directrices del éxito y del fracaso para que no tenga que pensar por sí mismo.

 

En algún momento de lucidez (o de saturación de sufrimiento, que muchas veces viene a ser lo mismo) puede que alguien se pregunte si la maratón que está corriendo tiene sentido. Quizá lo tuvo cuando estaba en la línea de salida. Pero ahora ya no le interesa la meta o, peor aún, se ha dado cuenta de que no sabe cuál es la meta.

 

El sentido, claro, no es algo que tenga la carrera como tal. Es algo que cada persona le da. Pero este es un matiz que se pasa por alto. A fin de cuentas esta «sutileza» del sentido es muy incómoda.

 

Estas preguntas escuecen porque van al núcleo de la identidad personal. Te hacen cuestionarte quién eres y admitir si eres o no quien crees ser. A priori todos creemos que sabemos quiénes somos, pero si nos definimos por nuestro trabajo, nuestra pareja, nuestro pasado, etc. colgamos toda nuestra identidad en un perchero muy débil. Y eso asusta. Sobre todo si te has construido una identidad que se ha hinchado demasiado y ahora es muy grande para poder seguir manteniéndola en el presente.

 

No saber quién eres siempre te hace sentir como el gigante con pies de barro y el impostor enmascarado.

 

 

Cuando la inercia va en tu contra

Una retirada a tiempo puede ser una gran acto de valentía y una posterior victoria. Dimitir de un puesto de trabajo que no tiene sentido para ti, romper una relación que solo se mantiene por inercia, cambiar unos hábitos en piloto automático por otros con propósito, etc. no son decisiones fáciles. Pero son la diferencia entre dejarse arrastrar y fijar el rumbo por ti mismo. Dejarse llevar siempre es más sencillo, pero también suele ser más cobarde.

 

Nadie dijo que la transición de oveja a persona consciente fuera fácil. La metamorfosis de muerto viviente a vivo viviente puede ser dolorosa en algunos momentos.

 

El poder del hábito es muy fuerte. Cuanto más tiempo mantienes un hábito, más difícil te va a ser cambiarlo. Si llevas casi toda tu vida siguiendo el hábito de asumir los estándares sociales de éxito y fracaso, te desconcertará empezar a cuestionarlos.

 

Seguramente llegarás a ese momento de lucidez que trae consigo la saturación de sufrimiento en que ya no puedes seguir mintiéndote más. Mentir a otros es relativamente fácil y no tiene mérito, pero mentirte a ti mismo es triste y sabes íntimamente que cada vez es más difícil.

 

Es el momento en que rompes la inercia no porque quieras, sino porque no puedes hacer otra cosa.

 

 

El descarte

En un mundo con tantas posibilidades es habitual enfrentarse al dolor de sentirse perdido por no saber lo que se quiere. Los condicionamientos ajenos que otros han puesto en nuestros ojos (y nuestra complacencia en aceptarlos) nos impiden ver con claridad; y sin visión propia es difícil encontrar propósito.

 

Hay puestos de trabajo que parecen brillantes, pero en realidad lo que deslumbra es el oro del que están hechos los barrotes de esas jaulas. Hay parejas aparentemente perfectas, de esas de anuncio de familia feliz, que te sorprenden cuando descubres que de puertas para adentro viven en un infierno.

 

Si esa imagen de éxito equivale a infelicidad, no es éxito. Es un espejismo de éxito.

 

Cuando descubras que tienes algo que no es para, alégrate y no lo tomes como un fracaso. En realidad es bueno porque te ayuda a descartar. No es una derrota; es un filtro que te ayuda a seleccionar mejor.

 

Uno de los tragos más amargos de admitir que tienes un trabajo que no te gusta es que, normalmente, te ha llevado años de estudio y/o experiencia profesional llegar a donde estas. Si ahora admites que no te gusta te da una desagradable sensación de derrota, ¿verdad? No te pasa solo a ti.

 

Lo mismo puede aplicarse a dejar una relación de pareja larga. Si admites ahora que no es la persona con la quieres seguir compartiendo tu vida, puede dar la impresión de que todos los años que has pasado con ella han sido tiempo perdido. No es así.

 

La falacia del costo irrecuperable

Tu forma de pensar hace que te sientas así. Se debe a la falacia del costo irrecuperable  en la que todos caemos de vez en cuando. Es lo que te hace creer que no debes abandonar algo por el simple hecho de que ya llevas mucho tiempo haciéndolo. Entonces persistes, no por la perspectiva de futuro que tengas, sino porque crees que tienes que seguir para no desmerecer todo lo que le has dedicado hasta ahora.

 

Además, están las emociones, aquí entra el orgullo y eso siempre escuece. Esta trampa es la que hace que, por ejemplo:

 

  • Sigas estudiando una carrera cuando en 2º te has dado cuenta de que no te gusta.
  • Mantengas un rumbo laboral que no tiene sentido para ti solo porque es lo que has venido haciendo hasta ahora y es la experiencia que hay en tu CV.
  • Sigas con un videojuego porque ya has avanzado mucho y ya juegas más por no perder lo conseguido que por placer.
  • Sigas por inercia con una pareja solo porque es cómodo después de los años que lleváis juntos.
  • Pierdas mucho dinero apostando. Crees que no puedes retirarte porque entonces no vas a recuperar lo perdido hasta ahora, pero en realidad, no haces más que empeorar las cosas y perder cada vez más y más. Es como razonan los ludópatas.

 

Es un concepto muy sencillo de entender. De hecho, un paleto de pueblo explica este concepto mejor que yo: Sancho Panza.

 

En la segunda parte de El Quijote Sancho ejerce de gobernador en la Ínsula de Barataria. Ser gobernador para alguien como Sancho era una idea de éxito tan desmesuradamente grande que le hizo sentirse contento y exultante.

 

Acabada su experiencia como gobernador de la Ínsula de Barataria, Sancho se encontró con su vecino Ricote. Este le preguntó que qué había ganado tras ser gobernador. Sancho le respondió que «el saber que no era bueno para gobernar».

 

Simple y brillante. No hace falta añadir nada más esto. Saber en qué cosas no eres bueno es una ganancia. Y saberlo cuanto antes, aún mejor.

 

¿Cómo merece la pena vivir?

Cuanto antes salgas de un trabajo, relación, hábitos, entorno, etc. que no es para ti, mejor. Tendrás menos pérdidas en tiempo, energía y, sobre todo, impacto emocional. Mucha gente se obceca en seguir en algo aunque no le guste ni le beneficie, solo porque ya lleva demasiado tiempo haciéndolo y ¿cómo va a dejarlo ahora?

 

Hace falta valor para replantearse cómo se está viviendo porque implica admitir que quizá has estado viviendo durante años de manera insatisfactoria. No pasa nada. Es parte del proceso. Era lo necesario para poder llegar al lugar actual. De hecho, es inevitable que todos carguemos con cosas ajenas en algún momento.

 

Pero a mucha gente le duele darse cuenta de esto. Así que decide que es más fácil vivir sin tantas preguntas. Son los mismos que, en el fondo de sus corazones, admiran a quien tiene el valor de hacer borrón y cuenta nueva y usar su libertad para cambiar radicalmente de trabajo o no trabajar en absoluto o viajar o divorciarse o lo que sea.

 

Si algo no va bien, cuanto más tardes en admitírtelo y hacer algo al respecto, más alto será el costo hundido. Este costo va relacionado con otro que se produce en paralelo: el coste de oportunidad. ¿Cuánto te está costando (en tiempo, dinero, energía y/o calidad de vida) no hacer otras cosas en vez de lo que estás haciendo ahora?

 

La sociedad nos inocula la idea de que tenemos que ser buenos y competitivos en todo. Es una creencia muy dañina. No te la creas. Solo te hará infeliz porque te frustrará no poder conseguirlo. Aceptar esto y darte cuenta pronto de las cosas en las que no eres bueno es una bendición, aunque a los ojos de la sociedad, parezca un fracaso. En el otro lado de la moneda está lo opuesto: ser medianamente bueno en algo que no es para ti puede ser una maldición porque todo te incitará a seguir haciéndolo, aunque no esté alineado con tu propósito.

 

Ya sabes lo que recomienda el oráculo: «Conócete a ti mismo». Es lo mismo que Don Quijote recomienda a Sancho antes de que este empiece a ejercer como gobernador: «(…) has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey (…)».

 

(Me encanta la sensatez de este supuesto loco 😉 ).

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